Comunidad de Villa y Tierra

Comunidad de Villa y Tierra     


          Escasos indicios tenemos de la existencia de Castilruiz en tiempos lejanos. Si podemos decir que está documentado en un dìploma del 17 de junio de 1291. Lo hace con el nombre de Castiel Roys.

          En este documento aparecen otros dos núcleos poblados, con concejo, dentro de nuestro actual término: La Laguna (del que se recuerda su ermita hasta no hace mucho) y San Andrés, en coto de San Andrés (La Granja), del que también quedan restos. Es muy posible que ambos se despoblaran pronto o disminuyeran su población hasta perder su concejo, pues ya no aparecen en una relación de aldeas de diciembre de 1340. No obstante, en La Laguna, en estos años del siglo XIV, todavía se realizan contratos de compraventa de tierras y casas.

          Como consecuencia, ya no figuran en el censo de 1594. Es más que probable, también, que hubiera algún otro asentamiento del que no tengamos noticia ni restos, caso de Nuestra Señora de (H)Ulagares, debido a la fragilidad de sus viviendas, que habrían sido asentamiento de pastores y labradores. Hemos de mirar a nuestro alrededor para suponer que la loma sobre la que se asienta el pueblo pudiera haber estado habitada antes de nuestra era, dada su excelente posición frente a la vega que se extiende hasta la sierra del Moncayo y Madero, siguiendo a sus espaldas el Sistema Ibérico. Los asentamientos cercanos más antiguos fueron Trebago (Trévago), a cuatro kilómetros, y Óbriga (Muro), a siete, que eran castros celtibéricos amurallados ya por los siglos VII-VI antes de nuestra era.

         Parece ser que habitaban la zona pueblos pelendones, muy activos frente a la dominación romana, los cuales conservaron bastantes de sus costumbres aun después de su conquista. Los castros aludidos cuentan, también, con restos de época romana, siendo el segundo un poblado de relativa importancia: Augustóbriga. De esta época, igualmente, es la villa del Palomar, junto a la actual Matalebreras, a escasos cuatro kilómetros. La zona era atravesada por la calzada romana que iba de Zaragoza a Astorga pasando por Numancia, de la que todavía se conservan tramos en el Madero, que ha dejado en estos pueblos algunos miliarios. Hubo, también, una calzada secundaria que iba de Augustóbriga a Enciso, pasando por San Pedro Manrique, la cual atravesaría rondando nuestro término.

 En tierras de Castilruiz, lindando con el de Añavieja, quedó un ara romana en arenisca blanca, que servía de mojón entre los dos pueblos (traída posiblemente de Augustóbriga), en la que puede leerse una inscripción en letras capitales, distribuida en seis líneas, que traducida sería: «A Marte. Caio Petronio Materno, hijo de Quinto, licenciado del ejército, cumplió el voto agradecido por el beneficio». Tiene 72,5 cm de alto por 42 cm de ancho. En su parte superior se aprecian restos del hogarcillo en el que se quemaban las ofrendas. Se fecha hacia el siglo I de nuestra era.

Se tiene noticia del paso por la comarca de los pueblos visigodos, los cuales conquistaron Augustóbriga. Con posterioridad, la zona cayó en poder árabe en 713-714, época en que es conquistada Ágreda. Entre 916-920 pasa a manos de Sancho García el Grande, rey de Navarra, pero pocos años después vuelve a quedar bajo dominio musulmán con Abderramán III. Es ya en el año 1119 cuando la comarca quedará bajo control cristiano, esta vez en manos del rey aragónes Alfonso I el Batallador, que inicia la repoblación hasta Soria, pasando en 1134 a estar bajo la égida de Alfonso VII, rey de León, el cual sería el impulsor definitivo de su repoblamiento.

Eclesiásticamente, pertenecerá a la diócesis de Tarazona. Se constituye entonces la Comunidad de Villa y Tierra de Ágreda (hacia 1137), en cuyo terreno se incluye el actual Castilruiz. Y es en esta época en la que ya iremos teniendo noticias fehacientes de su existencia. El permanecer ya en reino cristiano no le asegura la paz, pues su posición limítrofe y las continuas guerras sucesorias llevan hasta aquí las hostilidades durante más de cuatro siglos (por ejemplo, Sancho el Fuerte de Navarra en 1195). Lo que sí permanece en Castilruiz es la pertenencia a esta Comunidad de Villa y Tierra hasta 1833, año en que se estructura España en provincias, pasando entonces a depender administrativamente de Soria. Y, después, de Osma en lo religioso.

Comunidad de Villa y Tierra de Ágreda. Contra lo que pueda sugerir el nombre de Castilruiz, que evocaría un señor feudal en su castillo dominando a una población sierva, nada queda más lejos de la realidad, pues el pueblo nació en una de las formas de organización política más democrática que ha habido en España: las comunidades de villa y tierra que se formaron en la denominada Extremadura castellana en el siglo XI (de Plasencia a Aragón, por Segovia, Ávila y Soria; y del Duero al Sistema Central, algo rebasado), perteneciendo Ágreda, que contaba con fuero propio, a la parte más oriental de la misma. Solamente el Bajo Aragón, Vascongadas, parte de Navarra y Madrid conocieron este régimen, teniendo el resto de regiones (Cataluña, Levante, Galicia, después Andalucía) un régimen feudal de dominio señorial. No obstante, el paso del tiempo irá haciendo perder privilegios a lo común en beneficio de nobleza e Iglesia, que irán acumulando propiedades y quedando exentas de impuestos, culminando este despojo con la desamortización de 1856.

Alfonso VII otorga una carta-puebla a quienes fueran a repoblar la villa de Ágreda, que fue habitada por gente venida de las comunidades de Magaña, San Pedro Manrique y Yanguas. Todavía es patente ello en el nombre de las iglesias: la Virgen de Yanguas (hoy de los Milagros); Nuestra Señora de Magaña; San Pedro… Las comunidades de villa y tierra eran entidades autónomas que administraban un territorio y sus lugares. Pertenecían a la corona, pero no dependían en su funcionamiento de ella. Tenían sus propias leyes –los fueros– y su propia organización económica, social, judicial y militar. Estos fueros eran ratificados cada vez que reinaba una persona nueva. Su órgano directivo era el Concejo de la Villa (anual, sin remuneración), elegido democráticamente, en el que no podían participar ni nobleza ni Iglesia (era el Estado del Común o de los Plebeyos), al que se unían los representantes de las aldeas de la Tierra, organizada en comarcas: los procuradores síndicos (también llamados sexmeros). La autoridad se simbolizaba en la vara, portada por el alcalde en los actos solemnes. Desde ahí se dirigía el poblamiento de sus aldeas (que solían tener entre 5 y 20 familias) y el de las milicias concejiles. (No obstante, en Ágreda había en el Concejo un representante de los Castejones y otro por cada una de las parroquias –los seises–.)

Cada poblado de la tierra tenía también su propio concejo y, cuando tenían que tratar asuntos de índole general, enviaban a la villa a sus representantes, quienes no volvían hasta haber solucionado sus encargos. (Era proverbial su tenacidad; incluso llevaban comida para varios días, y se alojaban en la Casa de la Tierra que había en cada villa.) El patrón de la villa de Ágreda era San Miguel (en su atrio se reunía el Concejo, «a concejo pregonado») y la patrona de las aldeas de Tierra era la actual Virgen de los Milagros (de ahí el apego habido siempre en los pueblos hacia su fiesta, a la que hasta no hace mucho se bajaba andando, incluso a pié descalzo, por el camino de Ágreda).

Como decimos, cada poblado contaba con su concejo democrático –ahora ayuntamiento–, el cual no tenía edificio propio, por lo que solía reunirse en lugares abrigados, uno de los más recurrentes era el pórtico de las iglesias y otro la sombra fresca de algún olmo (hasta hace poco los ha habido en las plazas). Cuando era necesario se celebraba concejo abierto (a campana tañida o repicada, o pregonado), que era como una asamblea de la aldea en la que participaban todas las personas con casa puesta –con fuego u hogar–, ocasiones en que se elegían los cargos y se distribuía la tierra, los frutos (leña, bellotas…) y los oficios. También se contemplaban los impuestos, de los que quedaba exenta la gente mayor e inútil: facendera (hoy a reo vecino) o moneda forera, martiniega, pecho y pedido, fonsado o fonsadera, portazgo…

La Comunidad de Villa y Tierra de Ágreda abarcaba 499,90 kilómetros cuadrados y daba cabida a dos comarcas naturales: La Rinconada, a la que pertenece nuestro pueblo, y la Cuenca Alta del Keiles. (Más amplio era el partido judicial que se creó después, en el que también entraban las comunidades de Magaña, San Pedro y Yanguas.) En la actualidad quedan dieciséis núcleos independientes con población en su territorio (Conejares se despobló en el siglo XX). Pero en los tiempos de que hablamos había, al menos, diez más (documentados) que contaron con concejo propio; según hemos señalado, en el término de Castilruiz existían dos: La Laguna y San Andrés o Coto Cerrado de San Andrés. Es muy probable que hubiera, además, otros once de menor entidad, con casas e iglesias poco sólidas, que fueran asentamiento de pastores o agricultores nuevos, e, incluso, que florecieran junto a algún cenobio o eremitorio (como Los Casales en Valdelagua del Cerro, junto a Trébago). Entre estos también hay indicios de que hubiera, al menos, una en el término de Castilruiz: Nuestra Señora de los Ulagares; y que La Granja lo hubiera sido antes de San Andrés.

Los dieciséis pueblos actuales son: Aldehuela de Ágreda, Añavieja, Beratón, Castilruiz, Cueva de Ágreda, Dévanos, Fuentes de Ágreda, Fuentestrún, Matalebreras, Montenegro de Ágreda, Muro de Ágreda, Ólvega, San Felices, Trébago, Valdelagua del Cerro y Vozmediano. (Valverde de Ágreda queda integrado en Ágreda.)

Organización

Era una forma de organización para conjurar los peligros –franja de choque hacia el Islam–, la cual llevaba a sacrificar lo individual y fortalecer lo comunitario, obteniendo sus ventajas, entre ellas mayor libertad y menores impuestos. En cada aldea existía una zona de aprovechamiento común de pastos –dehesas–, a la que se llevaban los ganados que hubiera (vacuno, de cerda, caballar y mular). En Castilruiz tenemos noticia de que en 1850 existía esa zona en la parte alta del término (además de la que pudiera haber en la laguna). Estos ganados se reunían a cierta hora de la mañana en el corral comunal y a él volvían por la tarde. Al cuidado de ellos estaban los pastores, oficio que se subastaba en el concejo abierto, en libre y pública subasta. Cuando el ganado tenía que quedarse en el monte, se guardaba en los corrales con tañada diseminados por el monte, en donde quedaban a resguardo del ataque de gatos monteses, zorros y lobos. Dichas tañadas servían de refugio a pastores y caminantes en días inclementes. Además de las fincas de particulares, existían también las piezas agrícolas de secano, entre las que se incluían las herraníes o ferraníes, donde se cultivaba forraje, y los huertos de regadío, laborados colectivamente, cuyo fruto servía para necesidades de la colectividad (alhóndiga…).

Otra zona común era el monte de propios, o vecinos, del que se repartía la leña y se recogían bellotas, en determinados días, para consumo de cerdos (las de encina también servían para consumo humano). Además, existían montes comunales de la Comunidad de Villa y Tierra, por ejemplo el Revedado (situado al oeste de Trébago). Dentro de la aldea habitada, la mayoría de los elementos que la mantenían viva y cubrían sus necesidades pertenecían, igualmente, al común: la fragua, el horno, el molino, la posada, la alhóndiga, la cilla, el juego de pelota con su prado; al igual que otras que pudiera haber: caleras, tejeras, etc., y todo lo que proviniera del subsuelo: canteras, salinas, etc. Esta forma de organización (si bien cada vez más en manos particulares) ha perdurado hasta tiempos recientes, en que la libertad de comercio y la sociedad consumista ha cambiado el modo de relacionarse.

La fragua era imprescindible. En ella se fabricaban las herramientas para el campo (arados, azadas…) y las herraduras para calzar –herrar– los animales, además de los utensilio de cocina. (Hasta hace pocos años existían tres en el pueblo.) La llevaba un herrero-herrador, que obtenía el cargo en subasta. Ejercía también como veterinario –albéitar–.

El horno de cocer era atendido por dos oficios, también de subasta: el que abastecía la leña (procedente de los bosques de propios y comunales) y quien cocía el pan –hornera/o–, que podía cobrar un tanto de masa de la que traía la gente a cocer y con ella, cocida, sacaba beneficio con la venta. Estos oficios, con el tiempo, solían quedarse en familias determinadas. Lo mismo sucedía con el molino para molturar grano; las ruedas se labraban en la cantera.

La posada, a su vez, también era de subasta anual y acogía a arrieros y ambulantes varios. A no mucho tardar, estos oficios se fueron quedando en familias concretas.Otros de los oficios que se conocen de aquel tiempo son los de barbero, comadrona y maestro educador. El barbero ejercía también de cirujano (en local adjunto).

La comadrona asistía a todos los partos de la aldea.

La función de maestro educador recaía, por lo general, en el sacristán, que solía ser también secretario del concejo, el cual enseñaba los rudimentos del idioma a la gente joven y a toda persona que lo deseara (algo que todavía sucedía en Añavieja en el siglo XIX). Estaba, además, el zapatero, carpintero, abarquero, carnicero, falconero, andador, cubero, rodero, tejedor, etc.

La alhóndiga era un almacén que reunía productos de primera necesidad, algunos de ellos comestibles, para socorrer a familias que atravesaban por épocas de necesidad manifiesta. Lo almacenado provenía de los bienes comunales: trigo, cebada, harina, legumbres e, incluso, tocino.

El Concejo poseía útiles para el trabajo que eran de poco uso o alto costo; así, las palancas de hierro para mover pesos de consideración y los mazos de hierro –almádenas– para romper piedras. (Todavía hoy quedan en el pueblo restos de esta forma de organización y se realiza este servicio con el molón o la traílla.) También disponía d e un juego de medidas de peso –romanas–, capacidad –cántaros y azumbres para líquidos, y otras para áridos (granos)– y longitud (no se había adoptado el sistema decimal). El funcionario encargado de su custodia era el almudero.También eran de propiedad concejil los útiles que se empleaban en los juegos. Además del frontón, existía una zona de prado (puede apreciarse muy bien todavía en Matalebreras) en la que los días festivos, en particular los hombres, se jugaba al tiro de la calva y al de la barra, dos juegos muy extendidos en la época, y a otros como la tanguilla. Pues bien, el hito de la calva y las piedras arriñonadas, así como la barra, la tanguilla y los tejos –trozos redondos de teja– eran del común. (Más adelante, en el pueblo, los mozos tenían la costumbre de jugar a la pelota en la pared de la iglesia nueva, lo cual era motivo de multas y excomuniones por los curas de turno).

El libre comercio no se ha conocido hasta bien entrado el siglo XIX en España. (Aún así hemos tenido épocas no muy lejanas en las que ha abundado el contrabando). Ello significaba que el movimiento de mercancías estaba sujeto a impuestos cuando atravesaba límites de propiedad, además de los que conllevaba su producción. En las comunidades de villa y tierra estos impuestos eran menores (no solían existir portazgos ni montazgos internos) y tenían regulada la organización mercantil. Para ello contaban con oficios subastados para la importación y distribución –venta– de mercancías básicas, las cuales se repartían en determinados días. Estos eran los abaceros. Una persona se encargaba del aceite y el jabón. Otra, de la carne y la sal. Asimismo, otra, de vender vino y aguardiente. Lo mismo con el bacalao, legumbres… Solamente quien se hubiera quedado con el oficio en la puja tenía autorización para comerciar con estos productos, a cambio, eso sí, de tener abastecida a la población con productos de calidad, de utilizar las medidas reglamentarias, evitando el fraude, y de respetar los precios de venta convenidos. Para que se ajustasen a lo acordado, existían otras dos figuras concejiles: la del fiel almotacén, que supervisaba pesos y medidas, calidades y precios, y, además, valoraba las monedas que circulaban en el municipio; la del alamín, encargado de que los alimentos se vendieran conforme a lo estipulado. Los términos de esta organización de mercado, en un principio fueron orales y, después, se escribieron, constituyendo parte de los fueros de cada comunidad. Aunque no se dependía de un señorío feudal, sí que existían obligaciones particulares de cara a la comunidad.

Una de ellas era el tributo en forma de trabajo personal que prestaban los hombres útiles y saludables en la construcción y reparación de caminos, puentes o cualquier obra que fuera de interés común. Era conocida como la hacendera o facendera, azofra, zofra, adra… y, en Castilruiz, ha perdurado hasta hace pocos días con el nombre de a reo (vecino). Las mujeres, después, desempeñaban este cargo en la limpieza de edificios (lavadero, casa del concejo, etc.); podían utilizarse algunos objetos como testigo, que se pasaba de casa en casa para saber a quién le tocaba.

Dentro de cada núcleo de población, un elemento fundamental de comunicación lo constituían las campanas. Existían diversos toques, cada cual adecuado para un uso: el que convocaba a concejo, el de cuarentena en tiempos de epidemia, el de perdidos, el de mediodía, el de quema, el de cobro de impuestos. Unido a ellas, estaba la existencia de la iglesia, que, en el caso de lugares bastante habitados, se encontraba una en cada barrio. (Tengamos en cuenta, por ejemplo, que un pueblo como Magaña tenía seis parroquias). En Castilruiz es fácil que hubiera una iglesia de estilo románico en la zona donde se emplaza la actual. La existencia de un arco de medio punto en la pared de la plaza, dando al antiguo frontón, es fácil que sea un resto de la primitiva del siglo XII-XIII. Más bien parece que es de construcción sencilla, por lo que hace presagiar que el primitivo poblado no fuera muy extenso. Ya hemos comentado que, en un principio, los eclesiásticos tenían prohibido pertenecer al Concejo. En lo que sí tenía poder la Iglesia era en el cobro de impuestos. Estos se pagaban es especie, ya que la moneda era muy escasa.

La cilla, por su parte, era el almacén donde se reunía los productos con los que se pagaba el diezmo a la Iglesia. Hasta su entrega estaban a cargo del cillero. En Castilruiz se situaba en el edificio derrumbado del antiguo ayuntamiento (hoy nuevo), lugar que después se utilizó de cárcel. Las comunidades se dirigían legalmente por los fueros y cualquier infracción de la vida social era juzgada a través de ellos.

No obstante, en muchas ocasiones no se llegaba ante un juez de oficio, pues solucionaban el conflicto los llamados hombres buenos, personas ecuánimes, de buen hacer, que eran elegidas por sus aptitudes morales en concejos abiertos. Estas personas dirimían en los pleitos y desavenencias entre integrantes del vecindario y la práctica llegó a confirmar su buen hacer, pudiendo incluso dictar sentencias (conforme a los fueros). Una vez elegidos en las aldeas, se reunían en la puerta de la iglesia de San Gil, cerca de Muro, y elegían un procurador que los representase en Ágreda.

También de aquella época bajomedieval proviene la costumbre de dar albergue por una noche a los pobres de solemnidad que se acercaban al pueblo. Para ello el Concejo tenía un cuarto con chimenea. Cuando este desapareció en los pueblos o fue empleado para otros usos, quedó la obligación, como sucedía en Castilruiz, de cobijar por una noche y dar de cenar a los pordioseros que llegaban al pueblo, lo cual se ha hecho hasta no hace muchos años. Ello se hacía a reo vecino, siendo un aguacil quien se encargaba de llevar el turno.

Pudiera ser que ya entonces se comenzase a utilizar la nevera, como medio de conservación de alimentos, aunque su uso terapeútico no se difundió hasta el siglo XVI. Pero se sabe que muchas eran de propiedad comunal y su explotación se subastaba. La existencia de ellas en los pueblos vecinos (Añavieja, Matalebreras, etc.) es un dato que sugiere un origen primitivo.

Decadencia de las Comunidades

Hubo dos frentes que atacaron su régimen de privilegios: externo e interno. El primer camino de recortes fue la donación ilegítima por parte de la realeza (siempre necesitada de dinero) a nobles, iglesias, monasterios, etc. de aldeas y términos de las comunidades. Pertenecer a un señorío feudal o eclesiástico significaba mayores impuestos y menor libertad. Se inició con Fernando III el Santo, que en 1230, unifica Castilla y León, el cual irá imponiendo el derecho visigodo frente al fuero castellano. Se intensifica con los Trastámara –siglos XIV-XV–. Es entonces cuando la Comunidad de Villa y Tierra de Ágreda es donada por tres veces. Los habitantes se rebelan y, tras dura lucha, consiguen mantener su independencia las dos primeras ocasiones, cayendo la tercera en poder de la Casa de Medinaceli (época de la que data la quema del castillo de Ólvega que figura en su escudo). Hubo suerte y, seguidamente, la comunidad es donada a la infanta Isabel. Otro golpe fue la imposición de alcaldes regios –regidores– por parte del rey Alfonso XI en 1345. Hubo oposición, pero no fue suficiente, ya que cada vez eran menos las ciudades que podían enviar representantes a las Cortes. La corona también explotó las rivalidades entre Villa y aldeas y dio a estas, a partir de Felipe II (siglo XVI), la posibilidad de convertirse en villas a cambio de una compensación económica. Es entonces cuando se desgajan, por ejemplo, Matalebreras y Ólvega. Los fueros tuvieron vigencia hasta principios del siglo XVIII, en que son sustituidos en tiempo de los Borbones por los Decretos de Nueva Planta. Es en 1718 cuando se divide el territorio de España en 34 intendencias, reorganizadas en 1833 en 49 distritos con el nombre de provincias, en buena medida arbitrarias, sin tener en cuenta su naturaleza geopolítica.

Las comunidades de villa y tierra habían muerto, como certificó la Real Orden sobre supresión de Juntas o Ayuntamientos Generales de Universidad, de 31 de mayo de 1837.Por último, en el siglo XIX, las desamortizaciones, especialmente la de 1856, dieron al traste con gran parte (80%) de los bienes comunales de dehesas y monte de los municipios, lo que supuso un duro golpe para la subsistencia de muchas familias sin recursos. Desde el lado interior, las comunidades fueron perdiendo su poder a medida que algunos cargos internos acaparaban privilegios. Es el caso de los capitanes de las milicias y de los caballeros, que en un principio era cualquiera que pudiera tener un caballo y armadura –caballeros villanos–, pero que con épocas seguidas de guerra eran investidos de exenciones de impuestos y lograban acumular tierras. Igualmente, la Iglesia fue recibiendo favores de herencias, exenciones de impuestos y compras que lograba realizar en situaciones ventajosas. Los clérigos y su descendencia, según puede verse en los protocolos de compraventas de Castilruiz en el siglo XIV, figuran como compradores, testigos o procuradores en gran parte de las transaciones.

Pueden verse las obras:

García de Andrés, Inocente, «Las comunidades de villa y tierra de Soria. Formación, rasgos esenciales y extinción», Celtiberia, n.º 65 (1983), p. 5-30.

Jimeno, Alfredo, Epigrafía romana de la provincia de Soria, Soria, Diputación Provincial, p. 23, lám. II-2. Martínez Díez, Gonzalo (S.I.), Las comunidades de villa y tierra de la Extremadura castellana. Estudio histórico-geográfico, Madrid, Editora Nacional, 1983.